martes, junio 28, 2005

Finde reseñero (Saló y otros)

Cortesía de mis vecinos. Los del bar de enfrente. Una noche más, gracias.

-Laszivia (Jan, Glenat): Al capitán de una astronave se le envía en misión diplomática al mundo de Laszivia, un planeta terraformado con forma de tía en bolas. Prometedor planteamiento cuya lectura, desafortunadamente, se ve entorpecida por un exceso de texto y cuya presunta gracia no se la ví por ningún lado. Pero ya sabéis, a mí no me entusiasmó Batman Begins. Como me venció el aburrimiento me quedé a la mitad, así que nunca se sabe, ¡ igual ganaba desde ese punto en que lo dejé!

-El cazador de rayos 1 y 2 (Kenny Ruiz, Dolmen): La particular cruzada de Kaín, el cazador de rayos, la única persona capaz de devolver a la humanidad el estadio de desarrollo que poseía con anterioridad a un desastre de proporciones apocalípticas. Aventuras situadas en un universo postapocalíptico bañado por una lluvia perenne que por aquello de que I'm only happy when it rains es de lo que más me atrae del cómic en cuestión, por mucho que su concepción no es ni mucho menos original. La trama tarda en arrancar, como queda patente en el primer volumen; los secundarios adolecen de quedar abocetados, lo que se traduce en un ¿y a mí qué, que se haya muerto el tipo este? ; algunas de las escenas de acción podrían estar mejor narradas; y otras escenas parecen no aportar nada a la trama.. de momento, que todavía falta para que veamos la conclusión de esta saga. Pero he de reconocer que sobrepasadas las calmas del ecuador representadas aquí por el lento arranque del primer álbum, la obra se deja leer más o menos bien, y cuenta con uno de esos golpes de efecto sorpresa al final del segundo volumen que despierta un poco el interés general del lector.

-Caballero de espadas (Luis Durán, Langostini): Empecemos con buena letra, declarando mis simpatías por este señor, como creo que ya ha quedado testimoniado en este blog con anterioridad. Pero. Es entonces cuando llegamos a su última obra publicada, este Caballero. Es Durán, no hay duda alguna, pero algo hay en este tebeo, o mejor dicho de algo carece que no me ha llegado como otras obras suyas. Si carece de algo me atrevo a apuntar que quizás le falle un objetivo hacia el cual se precipite toda la acción. No sé si me explico. Quizás es que en anteriores obras el mensaje/ la metáfora que subyacía detrás de todo el entramado me resultó más clara o cuanto menos estaba más definida. Aquí, en cambio, el hilo conductor de la obra lo constituye su protagonista, llámesele mentiroso o fabulador por cuanto nos narra una de sus posibles vidas y el papel que la Magia desempeñó en ella. ¿Véis lo que os decía? Magia. Con mayúsculas. Aquello capaz de fascinar a un niño y desatar su imaginación. Durán, como os decía. Pero hay algo que no me acaba de cuadrar. Quizás sean esos recuerdos que saltan frente al lector aludiendo a la infancia de nuestro protagonista, ficticia como el resto de su vida, y al papel desempeñado por su padre y su tutor, figuras ambas igualmente imbuídas de esa aureola mágica, lo que en mi opinión interrumpe un poco el discurso de la obra. Y añadiría que el simbolismo de Durán, una constante en su obra, que está aquí presente por doquier, no acaba de adoptar esa sensación de coherencia final que creo más conseguida en otros tebeos del autor. Es como si ese simbolismo mágico, omnipresente, le arrebatara el protagonismo a la acción, cuando en otros tebeos ambos elementos se complementaban con mayor acierto. No sé, hacía tiempo que no quedaba tan desconcertado después de la lectura de un cómic!