martes, marzo 07, 2006

La polilla

La polilla (Gary Martin, Steve Rude; Azake): Cuenta el perpetrador del desaguisado que tenemos entre manos, Gary Martin, que el germen de La polilla, un tipo que supuestamente trabaja en un circo (porque en todo el cómic no nos dicen a qué demonios se dedica allí) y que hace de superhéroe a tiempo parcial, se encuentra en un cromo que dibujara Steve Rude. Y de ahí sale un cómic, ni más ni menos. Bueno, cómic lo que se dice cómic... por llamarlo de alguna forma. Pero no nos adelantemos, no. Ahí tenéis el poder de una imagen... Fascinante.
Os voy a fusilar el argumento de la primera de las dos historias que componen el tomo publicado por Azake. Os voy a SPOILEAR, así que ya podéis parar de leer y saltar al párrafo final en el que pondré a parir el cómic en dos líneas. O podéis ahorrároslo ahora que sabéis de qué irá esta reseña. El tiempo es oro, amiguitos.
Argumento de La polilla: Tipo con excelentes habilidades físicas trabaja, o eso nos dicen, en un circo. Le corroe la culpa porque cree que todas sus aptitudes se las robó a su hermano siamés, un enano con la mentalidad de un niño. Posiblemente por ello, el tipo se disfraza con un traje más o menos horroroso y se dedica a combatir el crimen por las noches, planeando cual murciélago (un homenaje, no seáis malpensados). Su enemigo para la ocasión será una criatura leonina invocada por una tribu africana que ha despedazado a varios hombres. Afortunadamente para La Polilla, que no está muy versado en lo que a lucha con entidades mágicas se refiere, un sacerdote o misionero se encargará, sobre suelo africano, de derrotar a los impíos salvajes, cuyos rituales eran quienes conferían vida a la bestia, con el poder que le confiere la palabra de Dios.
Toma-ya.
Con una línea argumental como la esbozada, no sorprende encontrar tópicos como el del sacerdote blanco en medio de una comunidad negra en la que se halla un reducto de salvajes impíos en tanto que idólatras. O que los malos malosos a los que La Polilla patea el culo sean un trasunto de Ángeles del Infierno. O que la redención sea posible incluso para un miembro de esta banda que, en la recta final de la historia le confiensa a nuestro héroe que va a dejar la vida de pandillero para volverse más espiritual. ¿Pero ante qué mierda maniquea y retrógrada estamos? Quizás algunos podrían aludir a una presunta inocencia más propia del cómic de otro tiempo y que el guionista pretendería homenajear con esta obra, algo que, sinceramente, dudo.
Pero la cosa no se queda ahí. El guión es, además, poco coherente. ¿Durante cuánto tiempo han estado danzando los impíos salvajes en cuestión para mantener con vida la malvada criatura? Pues el tiempo suficiente como para invocarla, ser cazada por un blanco deseoso de fortuna y fama y que no me extrañaría que fuera ateo, despertarse del letargo inducido por la sobredosis de sedantes y ponerse a matar a unas decenas de personas. Por otro lado, el sentimiento de culpa de nuestro protagonista se trata muy superficialmente, como a los componentes del circo, meros estereotipos, casi bufones. ¿Nuestro héroe lleva desde joven en el circo y una amiga y compañera suya no sabe que él y el enano habían sido gemelos siameses? Bueno, de alguna forma se tiene que informar al lector por mucho que se incurra en una incoherencia absurda, no? Más: ¿Vosotros véis la cabeza decapitada de un colega y a unos metros su cuerpo, de pie, aguantado por un brazo monstruoso de algo escondido tras unos arbustos y qué hacéis o pensáis? Por supuesto, mantenéis la frialdad y volvéis a cargaros al monstruo en cuestión con vuestra pandilla de amiguetes que no hacen otra cosa sino hacer el gilipollas mientras estáis entrando en una caverna donde es de esperar que tendrá lugar el inevitable combate. ¿Y qué decir de acatar la autoridad como líder de alguien que os ha acabado de meter una soberana paliza? (bueno, esto es mínimamente creíble, sigh).
Personajes esbozados, poco creíbles y trama endeble, eso es lo que nos regala Gary Martin, el guionista (y entintador) de semejante disparate. ¿He dicho guionista, verdad? Porque Steve Rude no es el guionista, como se puede leer en alguna página que circula por ahí (no daremos nombres). Aunque no sé qué queréis que os diga porque ¿es susceptible su impecable trabajo a los lápices de eximirle de culpa a la hora de contemplar este tebeo? Y no hablo de culpa en su concepción cristiana sino de responsabilidad. ¿Debemos suponer una identificación de Rude con lo que bien podría ser la forma de pensar de un ultraortodoxo cristiano sea de la tendencia que sea? Cierto, estamos entrando en un ámbito personal que se sale de nuestro ámbito comiquero, pero es que estas cosas suelen enervarme, qué os voy a decir.
Ahora bien, Rude hace un buen trabajo, con su estilo simple al tiempo que realista y cargado de dinamismo. Éso no se lo voy a negar. Ahora, que me defienda la capacidad escritora de Martin en una entrevista final...eso ya es otro cantar.
En resumidas cuentas, lectura simplona, poco coherente, ideológicamente retrógrada y maniquea, pero que tiene la suerte de tener un envoltorio de lujo, no sólo por los dibujos de Steve Rude sino también por una edición atractiva y con bastantes extras de los que generalmente suele agradecer el aficionado.