viernes, abril 08, 2005

Neil Gaiman en Marvel: 1602

Panini Comic News de abril: prevista la publicación de la miniserie marvel 1602 el mes que viene.
1602: Neil Gaiman, Andy Kubert y Richard Isanove.
Casi nah. Uau! Esto es lo que salió de mis labios cuando ví anunciado el primer número USA en el Previews de hace ya..sorry, ya perdí la cuenta. Una de esas campañas publicitarias a la altura de las circunstancias (Neil Gaiman en Marvel era algo que no se veía muy a menudo). Nadie sabía nada acerca del tema de la serie (y una doble página del catálogo americano con fondo negro y la fecha en cuestión -porque sí, era una fecha y no un número caprichoso como otro cualquiera- tampoco es que ayudara mucho), o al menos la poca información que llegó apenas alumbraba las sombras apuntadas por la incógnita lanzada en los medios. Se trataba de una especie de Otros Mundos, ambientado en la Inglaterra isabelina, y donde confluirían un buen puñado de los personajes de la casa. La propuesta prometía, y con todo ese halo de misterio que la envolvía unida al nombre de su guionista pasó lo que debía pasar (al menos en mi caso particular): Que generó espectativas. Y finalmente, al acabar de leer meses después el octavo y último número que componía la serie, pasó lo que a menudo sucede con toda espectativa: que el vaso no acaba de llenarse hasta donde tú deseas. Sigh.
Y también supuso el nacimiento de un extraño sentimiento contradictorio: La idea que descansaba en la base del entramado que constituye la serie era, sin lugar a dudas, más que interesante. Como la concepción de algunos (yo incluso me atrevería a decir que bastantes) de sus personajes co-protagonistas. No es mi intención destripar quién aparece en las páginas del cómic, pero he de reconocer que hay entradas a mi gusto brillantes spoiler ahí tenemos la de nuestro entrañable pícaro Dare Devil o la majestuosa aparición del Dios del Trueno fin de spoiler. Así como escenas memorables, y algún que otro giro sorprendente. Y no sería justo si no reconociera la excelente labor del portadista, Scott McKowen. De Andy Kubert, bueno, nunca ha sido santo de mi devoción, pero reconozco que sus dibujos, desprovistos de tintas (como ya hiciera en la miniserie de Lobezno: Origen), tienen a un buen número de seguidores. O sea, hasta aquí el panorama es de lo más recomendable..Hasta aquí.
Pero la sensación que me reportó la lectura del cómic fue más bien como de cierta frialdad. Intentaba meterme en el cómic, pero algo me lo impedía. A ratos incluso se me hacía aburrido: ¿pasará algo al volver la página? Oh. No. Espera, espera, parece que la cosa se anima. Ups. Ya. Siempre surgía alguna idea o aspecto de la trama que parecía revitalecer el interés en la historia o en algún personaje, pero sin continuidad. ¿Los guiños al lector cómplice? Sí, están bien, pero eso no cimenta cómic alguno. Y conectado con este hecho está la previsibilidad de ciertos aspectos de la trama. Eso sin mencionar un final precipitado como pocos: Leí una entrevista a Gaiman, recién escrito el quinto número, en la que expresaba su intención de extender la serie de seis números concebidos originalmente a ocho. Así que te acabas de leer el octavo número y piensas que te han tomado el pelo y que Gaiman lo único que había hecho hasta la fecha era limitarse a improvisar su guión.
El balance final: un What If más, del montón, sólo que realizado con bastantes más medios de lo que viene siendo habitual en este tipo de artículos. Un pudo ser pero no fue. De aquí lo más triste del asunto.